La globalización y el fin de la aristocracia obrera

Este artículo fue publicado en inglés por Jayati Ghosh en la Revista Dollars & Sense, número 3291 el cual traduzco al castellano. Recoge un análisis de la situación económica global y las perspectivas a futuro.

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El imperialismo del siglo XXI ha cambiado su forma. En el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, se relacionaba explícitamente con el control colonial; en la segunda mitad del siglo XX se apoyó en una combinación de control geopolítico y económico derivado también de la clara dominación de los Estados Unidos como líder mundial y hegemónico del mundo capitalista (frente a la potencial amenaza del mundo comunista). Ahora se basa cada vez más en una arquitectura legal y reglamentaria internacional -apuntalada por diversos acuerdos multilaterales y bilaterales- con el que se establece el poder del capital sobre el del trabajo. Esto ha implicado un “gran trato” entre diferentes segmentos de capital (no menos potente por ser implícito). Las empresas capitalistas del mundo en desarrollo ganaron cierto acceso al mercado (tradicionalmente en manos del capital multinacional) y, a cambio, el gran capital de los países altamente desarrollados obtuvo una mayor protección y poder de monopolio, a través del fortalecimiento de los derechos de propiedad intelectual y mayores protecciones de las inversiones.

Estas medidas incrementaron drásticamente el poder de negociación del capital en relación al trabajo, en todo el mundo y en todos los países. En países de ingresos altos, eliminó la “aristocracia obrera” que teorizó por primera vez el teórico marxista alemán Karl Kautsky a principios del siglo XX. El concepto de aristocracia obrera derivaba de la idea de que los países capitalistas desarrollados, o el “núcleo” del capitalismo global, podrían extraer superbeneficios de los trabajadores y trabajadoras empobrecidas en la “periferia” menos desarrollada. Estos excedentes podrían ser utilizados para recompensar a los trabajadores y trabajadoras en el núcleo , en relación con los de la periferia, logrando así una mayor estabilidad social y política en los países centrales. Esto permitió que el capitalismo del Norte se pareciera a un sistema económico ganador para el capital y el trabajo (en los Estados Unidos, por ejemplo, las relaciones laborales entre fines de los años cuarenta y los años setenta fueron ampliamente denominadas “acuerdos capital-trabajo”). Hoy, el creciente poder de negociación del capital y la eliminación de la aristocracia obrera ha deslegitimado el sistema capitalista en los países ricos del Norte global.

El aumento de la desigualdad, la disminución de los ingresos de los trabajadores y trabajadoras, la disminución o ausencia de protecciones sociales, el aumento de la inseguridad material y la creciente alienación del gobierno han llegado a caracterizar a las sociedades tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo. Estas fuentes de agravio han encontrado expresión política en una serie de resultados electorales inesperados (incluyendo el voto a favor del “Brexit” en el Reino Unido y la elección de Trump en los Estados Unidos). El declive de la aristocracia obrera -en realidad, su colapso- tiene grandes implicaciones, ya que socava el contrato social que hizo que el capitalismo global tuviera tanto éxito en la era anterior. Fue el fundamento mismo de la estabilidad política y la cohesión social dentro de los países capitalistas avanzados que, ahora, está desmoronándose y continuará rompiéndose a falta de una drástica reestructuración del orden social y económico. La respuesta política a este declive se ha expresado principalmente en el surgimiento de tendencias políticas de derecha, xenófobas, sectarias y reaccionarias.

Imperialismo del siglo XXI

El comienzo del siglo XXI ha sido un tiempo extraño para el imperialismo. Por un lado, la fase del “hiperimperialismo” -con los Estados Unidos como la única superpotencia capitalista, libre de utilizar casi todo el mundo como si fuera su coto de caza- ha terminado. En cambio, los Estados Unidos se ven significativamente más débiles tanto desde el punto de vista económico como político y hay menos voluntad por parte de otros países (incluidos antiguos y actuales aliados, así como aquellos que eventualmente pueden llegar a ser potencias rivales) a aceptar su mandato de manera incondicional. Por otro lado, la sobrecarga imperial que fue tan evidente en las guerras del Golfo y otras diversas intervenciones (en Oriente Medio y en todo el mundo) continúa a pesar de los rendimientos decrecientes de tales intervenciones. Esto tuvo su continuidad a través de la presidencia de Obama, y sigue siendo una pregunta sin respuesta si la presidencia de Trump conducirá a una reducción dramática de este sobre-reacción (“aislacionismo”) o simplemente a un cambio en su dirección.

Este último punto es importante, porque hay poco apetito político en el interior de Estados Unidos por tales aventuras imperiales, debido a sus altos costes en términos de gasto gubernamental y la pérdida de vidas de soldados estadounidenses. Las consignas que recientemente resonaron en el electorado norteamericano, como la de “volver a hacer grande América”, eran en cierto sentido algo contradictorias: mirar hacia un pasado imaginario en el que el Sueño Americano se podía cumplir con relativa facilidad (al menos para algunos) , sin reconocer que esto estaba basado en la hegemonía global del país y en su vasto imperio. El contexto global del imperialismo es complejo, en el que los contornos cambian constantemente. Los cambios políticos recientes en varios países del Norte han significado que las alianzas estratégicas globales son también mucho más fluidas que en cualquier otro momento durante el último medio siglo. Los ejemplos más comentados son la actitud cambiante de la administración Trump hacia el enemigo tradicional de los Estados Unidos, Rusia, y la complicada política internacional que emerge en Europa, con el voto del Brexit y la aparición de fuerzas políticas de derecha en otros países europeos. Pero también es evidente en otras partes del mundo, especialmente en China, donde los amigos y enemigos tradicionales ya no son tan fácilmente definibles. Sin embargo, hay otro sentido en que los fundamentos del proceso imperialista no han cambiado, aun cuando las formas en que se expresan se alteren.

Si definimos el imperialismo en términos generales, como lo hizo Lenin,una compleja mezcla de intereses económicos y políticos, relacionada con los esfuerzos del gran capital para controlar el territorio económico, queda claro que el imperialismo no ha decaído en absoluto. Por el contrario, durante el último medio siglo ha cambiado de forma, especialmente cuando tomamos una noción más amplia de lo que constituye el “territorio económico”. El territorio económico incluye las formas más obvias, como la tierra y los recursos naturales, así como el trabajo. Todo esto es todavía algo muy discutido: las guerras por el petróleo en Oriente Medio, los intentos continuos de conquista de tierras en África y la lucha por los frutos de la extracción de recursos naturales en partes de América Latina y Asia, así lo atestiguan.

Pero la lucha por el territorio económico abarca también la búsqueda y el esfuerzo para controlar nuevos mercados, definidos tanto por la localización física como por el tipo de proceso económico. Entender el territorio de esta manera nos ayuda a comprender cómo el imperialismo sigue vivo y coleando, aunque algunas de las características más clásicas (como el control colonial directo y las anexiones territoriales) sean menos evidentes.

Uno de los aspectos clave del reciente dinamismo capitalista ha sido su capacidad para crear nuevas formas de territorio económico, situarlas en el ámbito de las relaciones económicas capitalistas y, por lo tanto, someterlas al control imperialista. Dos formas de territorio económico cada vez más sujetas a la organización capitalista y a la penetración imperialista son: 1) los servicios básicos y los servicios sociales (antes considerados como el único coto de la provisión pública) y 2) la generación y distribución del conocimiento. Una característica importante de nuestro tiempo es la privatización de áreas que, hasta hace poco, eran generalmente aceptadas como responsabilidades públicas. Los servicios básicos como la electricidad, el agua y la infraestructura de transporte, y los servicios sociales como la salud, el saneamiento y la educación entran en esta categoría. Por supuesto, el hecho de que éstos fueran vistos como deberes públicos no significa que siempre se cumplieran. De hecho, la expansión de la provisión pública, el acceso a infraestructura pública y servicios sociales de alta calidad sólo se ha logrado históricamente como resultado de prolongadas luchas de masas. Y las cuestiones de desigualdad en el acceso siempre han existido. Sin embargo, el hecho de que la provisión ya no sea necesariamente de dominio público, y que la provisión privada se ve cada vez más como la norma, ha abierto nuevos y enormes mercados para actividades potencialmente lucrativas. Esta ha sido una forma crucial de mantener la demanda, dada la saturación de los mercados en muchas economías maduras y el crecimiento insuficiente de los mercados en las sociedades más pobres.

La apertura de estos mercados se ha producido mediante la combinación de una inadecuada provisión pública y cambios en la política económica para fomentar la inversión privada. La expansión de la industria mundial del agua embotellada, por ejemplo, es en parte el resultado de la falta de suministro público adecuado de agua potable. Mientras tanto, las instituciones globales, incluidas organizaciones formales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización Mundial del Comercio (OMC), así como organismos más informales como el Foro Económico Mundial, han alentado activamente la inversión privada en lo que antes eran sectores públicos. Esta impulso imperialista de control sobre el territorio económico es una expresión más compleja que la anexión directa del territorio, pero eso no lo hace menos importante.

Otra nueva forma de territorio económico, cada vez más sujeta a la penetración imperialista, está relacionada con la generación y difusión del conocimiento. La privatización del conocimiento y su concentración en menos manos, especialmente a través de la creación y aplicación de nuevos “derechos de propiedad intelectual”, se han convertido en barreras significativas a la transferencia de tecnología y al reconocimiento social del conocimiento tradicional. Esto es evidente en el caso del acceso a medicamentos, incluso medicamentos esenciales y que salvan vidas. Las patentes recompensan a las empresas multinacionales, lo que les permite monopolizar la producción, fijar altos precios o exigir altas regalías. Del mismo modo, el control sobre las patentes de semillas, dominado en gran parte por las agroindustrias multinacionales, ha permitido el monopolio de tecnologías cruciales para el cultivo de alimentos en todo el mundo, incluso en las sociedades más pobres. Los casos de medicina y alimentación son comparativamente bien conocidos y altamente controvertidos, pero lo mismo sucede con las tecnologías industriales, así como con el conocimiento para mitigar y adaptarse a los cambios ambientales adversos (propios resultantes de los sistemas de producción creados por el capitalismo global).

No es sólo que las estructuras institucionales nacionales e internacionales, que tienen la responsabilidad de proporcionar controles y equilibrios a la privatización del conocimiento, sean más frágiles y menos efectivas de lo que solían ser anteriormente. Más bien, es que están trabajando activamente en la dirección opuesta. Los numerosos “acuerdos comerciales” que se han firmado en todo el mundo en los últimos años han tratado mucho menos sobre la liberalización del comercio (tan extensa en la actualidad que hay poco margen para una mayor apertura en la mayoría de los sectores); en cambio, han tradado mucho más sobre la protección de las inversiones y el fortalecimiento de los monopolios generados por los derechos de propiedad intelectual.

Acuerdos Económicos Internacionales

Las últimas dos décadas han sido testigos de una explosión de tratados, acuerdos y otros mecanismos por los cuales el capital global impone su control sobre gobiernos y la ciudadanía. A diferencia de las condiciones impuestas a los países en desarrollo por el FMI y el Banco Mundial, estas normas se aplican incluso a los países que no son deudores de las instituciones financieras internacionales. Exigen que todos los países restrinjan sus políticas, aunque estas restricciones son especialmente perjudiciales para las perspectivas de desarrollo económico autónomo en la “periferia” de la economía capitalista mundial.

El Sistema Multilateral de Comercio

En lo que respecta al sistema multilateral de comercio, la Ronda Uruguay sobre el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio firmado en 1994(GATT, por sus siglas en inglés) estableció un sistema único de derechos y obligaciones, en virtud del cual los países en desarrollo tienen que aplicar en su totalidad todas las normas y compromisos firmados. Esto era un quid pro quo para el acceso a los mercados de los países desarrollados en los sectores de agricultura, textiles y prendas de vestir que anteriormente estaban altamente protegidos. Esto ha limitado las posibilidades de desarrollo autónomo en los países periféricos, reduciendo las opciones políticas que se les abren y negándoles algunos de los instrumentos más importantes que habían utilizado los países del actual “núcleo” capitalista en su propia industrialización.

Por ejemplo, el Acuerdo sobre Medidas de Inversión relacionadas con el Comercio (TRIMS) no permite prácticas como las especificaciones de contenido local, diseñadas para aumentar los vínculos entre los inversiores extranjeros y los fabricantes locales. El Acuerdo sobre los Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio (ADPIC) no sólo permite la concentración y privatización de los conocimientos, sino que también restringe la ingeniería inversa y otras formas de innovación imitativa que históricamente se han utilizado para la industrialización. Ha obligado a la extensión de los derechos de patentes en muchos países, permitiendo la patente de formas de vida. En virtud de este nuevo régimen de propiedad, una gran y poderosa empresa multinacional puede, por ejemplo, demandar a un campesino pobre en un país en desarrollo por dejar parte de la cosecha como semilla para el año siguiente, alegando que esto viola los derechos de patente de la compañía . El Acuerdo sobre Subvenciones y Medidas Compensatorias (SCM) prohíbe las subvenciones dirigidas a productos nacionales respecto a los importados o que estén condicionadas a los resultados de las exportaciones. Las negociaciones en curso en la Organización Mundial del Comercio sobre el Acceso a los Mercados no Agrícolas (AMNA) se están llevando a cabo sobre la base de recortes arancelarios mucho más profundos en los países en desarrollo, lo que les privará de un instrumento político crucial para apoyar a sus industrias nacientes.

El Acuerdo sobre la Agricultura (1995) contenía una letra pequeña que permitía efectivamente a los países desarrollados continuar con la subvención masiva y la protección de sus propios sectores agrícolas (y los intereses agroindustriales), pero impidió a los países en desarrollo hacer lo mismo en menor proporción. A la mayoría de los países en desarrollo se les permiten sólo subsidios del 10% o menos, mientras que la mayoría de los países desarrollados solo tienen que reducir ciertos subsidios agrícolas, manteniendo e incluso aumentando otros. Los países en desarrollo (como la India) que intentan brindar cierta protección a los agricultores y garantizar la seguridad alimentaria se enfrentan a las restricciones impuestas por el acuerdo. Todas las subvenciones, incluso en los países en desarrollo, se miden en relación con los precios de 1986-88 y no con los precios corrientes, por lo que incluso las bajas subvenciones están por debajo del límite del 10%. En lugar de reconocer el carácter ridículo de esta cláusula, los países desarrollados se resisten a cualquier cambio y sólo han acordado proporcionar una “Cláusula de Paz”, aplicado sólo a determinados países y sólo por un período limitado hasta que la OMC resuelva definitivamente este asunto.

Acuerdos Comerciales Regionales y Bilaterales

Sin embargo, si la OMC ha restringido el “espacio político” para los países en desarrollo, los numerosos acuerdos comerciales regionales de las dos últimas décadas han sido aún peores. Hay casi 400 acuerdos de este tipo en vigor y se han vuelto más completos en los últimos veinte años. La mayoría de estos acuerdos, especialmente los acuerdos Norte-Sur, tienden a ser “OMC-plus” (aumentando las disposiciones ya cubiertas por el régimen multilateral de comercio) o “OMC-extra” (que contiene disposiciones que van más allá de las actuales normas de la OMC). A menudo requieren reducciones de los aranceles efectivamente aplicados, en lugar de tasas arancelarias máximas “consolidadas”: los países se ven obligados a reducir los aranceles siendo indiferente al nivel en el que se encuentren, aunque ya sea extremadamente bajo. Exigen una mayor desregulación del comercio de servicios. Requieren una aplicación más estricta de los derechos de propiedad intelectual y reducen las exenciones. Por ejemplo, sólo en caso de emergencias se permiten la autorización obligatoria de medicamentos para la producción genérica (de bajo costo). También prohíben las importaciones paralelas (compras de medicamentos necesarios de países con producción más barata porque han utilizado licencias obligatorias). Estos acuerdos extienden los derechos de propiedad intelectual a áreas como a formas de vida, amplían los derechos exclusivos para probar datos y hacen que las disposiciones sobre los derechos de propiedad intelectual sean más detalladas y prescriptivas. Como condiciones para el acceso a los mercados de un país, prohíben la transferencia de tecnología e imponer requisitos de transferencia de conocimientos, así como establecen condiciones sobre la nacionalidad del personal directivo. También entran en una serie de ámbitos en las que la OMC todavía deja abiertas a las opciones políticas de cada país, como la política antimonopolio, las normas sobre inversión y circulación de capitales, la contratación pública, las normas ambientales y hasta la movilidad laboral. Además, a diferencia de la OMC, la mayoría de los acuerdos comerciales regionales no prevén excepciones a los países en caso de serios problemas de balanza de pagos u otras dificultades financieras externas.

Además, hay más de 4.000 tratados bilaterales de inversión (TBI) vigentes en el mundo. Se trata de proteger y promover la inversión privada de todo tipo y, efectivamente, privilegiar los derechos de los inversores frente a los derechos de los ciudadanos. Generalmente hay una definición de inversión muy amplia, basada en activos, que incluye inversiones extranjeras directas (IED), algunos tipos de inversión en acciones, compras de bienes e incluso derechos de propiedad intelectual. También hay una opinión muy fuerte y expansiva sobre lo que constituye una “expropiación” de activos para los cuales los inversores pueden exigir una compensación. No sólo la nacionalización de los bienes se puede interpretar como expropiación, sino también todo tipo de regulación gubernamental (incluso para la protección ambiental o laboral), así como los impuestos. Por ejemplo, en México las compañías que han contaminado los suministros de agua municipales (y a las que se les ordenó detener su producción hasta que revertiesen esa contaminación) han reclamado con éxito daños por las pérdidas asociadas. Otras compañías han ganado casos con la ayuda de los TBI cuando los gobiernos han impuesto impuestos más altos sobre sus ganancias.

Tanto los acuerdos bilaterales como cada vez más regionales están sujetos a Mecanismos de Solución de Conflictos, tanto entre Estados, como entre un inversor y un Estado. Estos mecanismos son altamente arbitrarios, opacos al ojo público y, en general, favorables a los inversores en sus fallos. Dado que se basan legalmente en el trato “igualitario” de las personas jurídicas sin tener en cuenta los derechos humanos, se han hecho conocidos por su sesgo pro-inversor. Esto se debe en parte a la estructura de incentivos para los árbitros de dichos mecanismos, ya que existe una lucrativa “puerta giratoria” para los expertos jurídicos que pasan de servir como árbitros a ser asesores legales para las corporaciones. El sistema está diseñado para proporcionar garantías adicionales a los inversores, en lugar de hacer que respeten las leyes y reglamentos de los países anfitriones.

Del mismo modo, las normas que rigen las finanzas internacionales y la deuda funcionan de manera que refuerzan las relaciones de poder global desiguales entre grandes capitales y personas en todo el mundo. Esto es totalmente evidente en las estructuras legales que regulan la deuda soberana (gobierno nacional). La falta de un sistema coherente para hacer frente al incumplimiento de la deuda y permitir la reestructuración de la deuda soberana ha dado lugar a situaciones en las que los países y sus poblaciones se desangran durante años e incluso décadas. Las medidas de “austeridad” que reducen el gasto público en bienes sociales son obligadas a sociedades que no las quieren. Los países en desarrollo lo conocen desde hace tiempo, pero algunos países desarrollados (las economías en crisis de la periferia europea, como Grecia y España) experimentan ahora la misma situación.

Los países que, de alguna manera, logran reestructurar la deuda o que deciden unilateralmente renunciar a parte de la misma debido a su ilegitimidad, son castigados. Bajo los sistemas que regulan la deuda internacional, poblaciones enteras no tienen la posibilidad de utilizar condiciones que se suelen otorgar a deudores individuales en sus propios sistemas legales. Aquí, también, los procedimientos legales tienden a ser sesgados en favor de los inversores y muestran poco reconocimiento de los derechos mínimos de la ciudadanía en los países afectados. Tomemos, por ejemplo, el esfuerzo que el gobierno argentino tiene que realizar actualmente en los tribunales de los Estados Unidos en el caso en los juicios de los “fondos buitre” financieros. Esta es otra manera en la que se expresa el imperialismo contemporáneo.

Estructuras de Producción y Comercio Mundial

A menudo se argumenta que el surgimiento de nuevas potencias -especialmente China, pero también la India, Brasil y otras- implica que el concepto de “imperialismo” ya no es válido. Sin embargo, la fase imperialista del capitalismo siempre se ha caracterizado por el surgimiento de “nuevos niños en el bloque”, algunos de los cuales han pasado a convertirse en los matones del barrio. En el momento en que Lenin escribió su famoso folleto El imperialismo: La etapa más alta del capitalismo, hace un siglo, la aparición de Estados Unidos como el poder global dominante estaba lejos de ser evidente. La afirmación de Lenin de que, durante la fase imperialista del capitalismo, “se ha completado la división territorial del mundo entero entre las mayores potencias capitalistas” es el eslabón más débil de su argumento, y que fue desmentido casi de inmediato. Estados Unidos, que era entonces sólo un jugador menor en comparación con las principales potencias europeas, surgió para dominar la escena mundial a partir de la segunda mitad del siglo XX. El ascenso del Japón en la segunda mitad del siglo XX no significó de ninguna manera un debilitamiento del poder imperialista en general; simplemente exigía una evaluación más complicada de tal poder.

La reciente aparición de China está siendo interpretada como una señal de que el panorama económico global se está transformando completamente. Es cierto que el peso creciente de China ha tenido efectos importantes en el comercio y las inversiones mundiales: se ha convertido en la mayor fuente de importaciones de manufacturas para la mayoría de los países, cambió los términos de intercambio y el volumen de las exportaciones de muchos productos primarios y materias primas minerales, trajo más países a las cadenas de valor de fabricación. Es cierto también, que el capital chino se ha convertido en un actor importante en la lucha por el control del territorio económico en todo el mundo.

Sin embargo, hay peligros de exagerar su significado actual. Incluso ahora, China representa menos del 9% de la producción mundial (dólares estadounidenses constantes de 2005, tipos de cambio nominales). Su PIB per cápita es menos de la mitad (alrededor del 45%) del promedio global, y todavía es sólo una fracción del promedio de las economías del núcleo imperialista. En términos relativos, China sigue siendo un país “pobre”. Muchos de los análisis y predicciones hiperbólicos principales con respecto a China son estrepitosamente similares a las predicciones para Japón en los años 70, como un gigante emergente que iba a asumir pronto el papel del liderazgo económico global de los Estados Unidos.

Un análisis similar se puede hacer para otras naciones descritas como “economías emergentes”, demostrando (supuestamente) que las fuerzas del imperialismo no son obstáculo para el surgimiento de los países en desarrollo. En conjunto, sin embargo, las naciones “BRICS” (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) representan menos del 15% del PIB mundial, a pesar de que su participación en la población mundial es apenas inferior al 50%. Es muy prematuro anunciar a estos países como nuevas potencias mundiales, sobre todo cuando las estructuras institucionales globales siguen estando muy inclinadas a favor de las potencias establecidas.

Todo esto no significa que no haya habido cambios en el poder económico y político mundial: ha habido y seguirá habiendo cambios significativos, e incluso transformadores. Sin embargo, estos cambios en las posiciones relativas de los diferentes países en la escala económica y geopolítica no significan que las tendencias imperialistas básicas que impulsan el sistema global hayan desaparecido, incluso pueden llegar a ser más intensas a medida que la lucha por el territorio económico se agudice.

Esto es particularmente claro en la expansión mundial de las empresas multinacionales y sus nuevos métodos de funcionamiento, con la deslocalización geográfica de la producción. Los cambios tecnológicos, los avances en la tecnología de envíos y contenedores que redujeron drásticamente los tiempos y costes de transporte, así como la revolución de la tecnología de la información que permitió la división de la producción en tareas específicas que pueden separarse geográficamente, han sido cruciales para este proceso. En conjunto, hicieron posible el surgimiento de cadenas de valor globales, que suelen estar dominadas por grandes corporaciones multinacionales, pero que también implican redes de empresas competidoras y cooperantes. Las corporaciones gigantes no tienen necesariamente el control directo de todas las operaciones. De hecho, la capacidad de transferir el control directo sobre la producción (así como los riesgos asociados) a los extremos inferiores de la cadena de valor, es un elemento clave a la hora de aumentar su rentabilidad. Esto agrega una mayor intensidad a la explotación que pueden imponer las empresas globales, ya que al ser menos dependientes de los trabajadores, trabajadoras y recursos en cualquier lugar, pueden usar la competencia entre proveedores para bajar sus precios y empeorar las condiciones de producción, además de evitar las regulaciones nacionales que podrían reducir su poder de mercado.

Esta transformación ha dado lugar a lo que se ha llamado “Smiling Curve” o “Curva Sonriente” de los valores de cambio y beneficios. El valor agregado y los beneficios se concentran en las fases de preproducción (como el diseño del producto) y de postproducción (comercialización y branding) de una cadena de valor. Proporcionan inmensas rentas económicas a las corporaciones globales que las dominan, debido a los monopolios de propiedad intelectual de estas corporaciones. El caso de los teléfonos de Apple es bien conocido: los productores reales en China (tanto las empresas como los trabajadores y trabajadoras) sólo ganan una décima parte del precio final, el resto queda en manos de Apple para el diseño de productos, marketing y distribución. Los productores de granos de café en el mundo en desarrollo ganan un pequeño porcentaje del precio final del café, en contraste con los altos beneficios de una cadena multinacional como Starbucks. Los pequeños agricultores y los trabajadores y trabajadoras que cultivan granos de cacao no ganan casi nada, en comparación con los principales vendedores de chocolate, que son empresas del Norte. Las rentas económicas asociadas a las fases pre y post-producción han ido creciendo en los últimos años. Mientras tanto, la fase de producción, de la que los trabajadores, trabajadoras y los pequeños productores obtienen principalmente sus ingresos, está expuesta a una competencia despiadada entre diferentes centros de producción en todo el mundo, gracias a la liberalización del comercio y la inversión. Por lo tanto, los ingresos generados en esta etapa de la cadena de valor se mantienen bajos.

El resultado global es doble. En primer lugar, se ha producido un aumento de la oferta de mano de obra “global” (trabajadores, trabajadoras y pequeños productores que participan directamente en la producción de bienes y servicios). En segundo lugar, el poder de las corporaciones para capturar las rentas (el control del conocimiento, las estructuras oligopolísticas y/o monopólicas del mercado, o el poder del capital financiero sobre la política de los estados) ha aumentado considerablemente. En general, esto ha significado un aumento dramático en el poder de negociación del capital en relación con el trabajo, lo que a su vez ha dado lugar a una disminución de la participación salarial (como porcentaje del ingreso nacional) tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo.

Implicaciones para los trabajadores y trabajadoras

Estos procesos implican un empeoramiento de las condiciones materiales para la mayoría de los trabajadores y trabajadoras, tanto para los de la periferia como para los del núcleo. Por lo general, el imperialismo ha debilitado la capacidad de desarrollo autónomo en el Sur global y ha empeorado las condiciones económicas de los trabajadores, trabajadoras y los pequeños productores, lo que no es del todo sorprendente. El crecimiento del empleo y los salarios en China es una ruptura de ese patrón y un ejemplo de algunos beneficios de la integración global, al menos para un subconjunto de trabajadores y trabajadoras en el mundo en desarrollo. Los beneficiarios, sin embargo, siguen siendo una minoría de los trabajadores y trabajadoras en el Sur global. En otros países generalmente vistos como “historias de éxito” de la globalización, como la India, las realidades económicas para la mayoría de la gente son mucho más sombrías.

El cambio más obvio -y potente- que ha resultado de esta fase del imperialismo global ha sido el declive de la aristocracia obrera en el Norte. La apertura del comercio y, con él, una oferta mundial de mano de obra significó que el capital del país imperialista ya no estaba tan interesado en mantener un contrato social con los trabajadores y trabajadoras del país “de origen”. En cambio, podría utilizar su mayor poder de negociación para captar una mayor proporción del ingreso nacional allá donde operaba. Esto se intensificó aún más debido al mayor poder del capital financiero móvil, que también aumentó su participación en los ingresos. En las economías avanzadas, en el núcleo del capitalismo global, este proceso (que comenzó en los Estados Unidos en los años noventa) se intensificó durante el boom mundial de los años 2000, cuando la media de los salarios de los trabajadores y trabajadoras se estancó e incluso disminuyó en el Norte global. Mientras tanto, los ingresos per cápita se dispararon. Este aumento de ingresos se explica porque fue capturado por los accionistas, ejecutivos corporativos, rentistas financieros, etc

Las consecuencias políticas de esto se han vuelto claramente evidentes. El aumento de la desigualdad, el estancamiento de los ingresos reales de los trabajadores y trabajadoras, y la creciente fragilidad material de la vida cotidiana han contribuido a una profunda insatisfacción entre la gente común de los países ricos. Si bien incluso los pobres de ellos están todavía mucho mejor que la gran mayoría de las personas en el mundo en desarrollo, sus propias percepciones son muy diferentes y se ven a sí mismos como las víctimas de la globalización. Decenios de políticas económicas neoliberales han vaciado comunidades en las áreas deprimidas y han eliminado oportunidades de empleo atractivas para los jóvenes. Irónicamente, en Estados Unidos esto favoreció el ascenso político de Donald Trump, siendo él mismo un emblema de esta plutocracia.

También se pueden observar tendencias similares en Europa. El aumento del sentimiento anti-UE se ha atribuido erróneamente sólo a las políticas que permiten la inmigración. La respuesta hostil a la inmigración es parte de una insatisfacción más amplia relacionada con el diseño y el funcionamiento de la UE. Desde hace años, ha quedado claro que la UE ha fracasado como proyecto económico. Esto se debe al propio diseño de la integración económica. Un ejemplo es la aplicación de la integración monetaria sin una unión bancaria o federación fiscal, que hubiera ayudado a lidiar con los desequilibrios entre los países de la UE, así como las políticas económicas neoliberales que los países miembros han tenido que seguir.

Esto ha sido especialmente evidente en la adopción de políticas de austeridad en todos los países miembros, incluso entre aquellos que no tienen grandes déficits en cuenta corriente o fiscales. Como resultado, el crecimiento en la UE ha sido débil desde 2004, e incluso la denominada “recuperación” después de 2012 ha sido apenas perceptible. Además este mediocre crecimiento ha sido muy dispar, con Alemania emergiendo como claro ganador de la formación de la Eurozona. Incluso grandes economías como Francia, Italia y España experimentaron un deterioro de los ingresos per cápita en relación con Alemania a partir de 2009. Todo esto, añadido a los temores de la dominación alemana, probablemente aumentó el resentimiento de la UE que se está expresando en los movimientos de derecha y de izquierda de toda Europa. El énfasis equivocado de la Unión en las políticas neoliberales y los paquetes de austeridad fiscal también ha contribuido a la persistencia de altas tasas de desempleo, más altas de lo que eran hace más de una década. Por lo tanto, la “nueva normalidad” muestra poca mejora con respecto al período inmediatamente posterior a la Gran Recesión, ya que la economía mundial capitalista no está tambaleándose al borde de un precipicio, ya que se ha hundido en una ciénaga.

Es triste, pero no totalmente sorprendente, que la globalización de la fuerza de trabajo no haya creado un mayor sentido de solidaridad internacional, sino que lo ha menospreciado. Evidentemente, las soluciones progresistas no pueden encontrarse dentro del paradigma económico dominante existente. Pero las reversiones a los ideales pasados del socialismo tampoco pueden ser eficaces. Más bien, esta nueva situación requiere que se desarrollen modelos económicos nuevos de socialismo, si se quiere captar la imaginación popular. Estos modelos deben trascender el énfasis del paradigma socialista tradicional en el control centralizado del gobierno sobre una masa indiferenciada de trabajadores y trabajadoras. Deben incorporar un énfasis más explícito en los derechos y las preocupaciones de las mujeres, las minorías étnicas, las comunidades tribales y otros grupos marginados, así como el reconocimiento de las limitaciones ecológicas y la necesidad social de respetar la naturaleza. Sin embargo, las premisas fundamentales del proyecto socialista siguen siendo tan válidas como siempre: la naturaleza desigual, explotadora y opresora del capitalismo; la capacidad de los seres humanos para cambiar la sociedad y así alterar su propio futuro; y la necesidad de organización colectiva para hacerlo.

JAYATI GHOSH es profesor de economía en el Centro de Estudios Económicos y Planificación de la Universidad Jawaharlal Nehru, Nueva Delhi, India.

NOTA: Partes de este artículo aparecieron en “The Creation of the New Imperialism: The Institutional Architecture” Monthly Review, Julio 2015.

¿Más pobres que nuestros padres?

Un informe reciente del McKinsey Global Institute, “¿Más pobres que sus padres? Los ingresos planos o decrecientes en las economías avanzadas “(julio de 2016) muestra cómo la década pasada ha traído consigo resultados económicos significativamente peores para muchas personas en el mundo desarrollado.

Ingresos decrecientes.

En 25 economías avanzadas, el 65-70% de los hogares (540-580 millones de personas) “se encontraban en segmentos de la distribución del ingreso cuyos ingresos reales fueron iguales o habían caído” entre 2005 y 2014. En cambio, entre 1993 y 2005, “menos del 2 por ciento, o menos de diez millones de personas, experimentaron este fenómeno “.

En Italia, un 97% de la población sufrió un estancamiento o disminución de los ingresos del mercado entre 2005 y 2014. Las cifras equivalentes fueron del 81% para los Estados Unidos y del 70% para el Reino Unido.

La generación más joven de hoy en día en los países avanzados está “literalmente en riesgo de terminar siendo más pobre que sus padres”, y en todo caso ya se enfrenta a una situación mucho más insegura las condiciones de trabajo.

Cambio de Acciones de Ingresos

El informe McKinsey señaló que “entre 1970 y 2014, con la excepción de un repunte durante la crisis del petróleo de 1973-74, la participación salarial promedio cayó 5 puntos porcentuales en los seis países estudiados a fondo” (Estados Unidos, Reino Unido, Francia , Italia, los Países Bajos y Suecia); En el “caso más extremo, el Reino Unido, en 13 puntos porcentuales”.

Estos descensos ocurrieron “a pesar de la creciente productividad, lo que sugiere una desconexión entre la productividad y los ingresos”. Las ganancias de productividad fueron capturadas por los empleadores o pasadas en forma de precios más bajos para mantener la competitividad.

La disminución de las cuotas salariales se considera ampliamente como resultado de la globalización y los cambios tecnológicos, pero las políticas estatales y las relaciones institucionales en el mercado laboral son importantes. Según el informe de McKinsey, “las políticas laborales suecas, tales como los contratos que protegen tanto las tasas salariales como las horas trabajadas”, dieron lugar a que los trabajadores y trabajadoras ordinarias recibieran una mayor proporción de sus ingresos.

Los países que han fomentado el crecimiento de los contratos a tiempo parcial y temporales experimentaron mayores descensos en las cuotas salariales. Según datos de la Unión Europea, más del 40% de los trabajadores y trabajadoras de la UE entre 15 y 25 años tienen contratos inseguros y de bajos salarios. La proporción es más de la mitad para los 18 países de la Eurozona, el 58% en Francia y el 65% en España.

El otro lado de la moneda es el aumento de las participaciones en beneficios en muchos de estos países ricos. En los Estados Unidos, por ejemplo, “los beneficios después de impuestos de las empresas estadounidenses medidos como una parte del ingreso nacional incluso superaron el nivel del 10,1 por ciento alcanzado en 1929”.

Asuntos de política

Las políticas de impuestos y transferencias gubernamentales pueden cambiar el ingreso disponible final de los hogares. En los 25 países estudiados en el informe McKinsey, sólo el 20-25% de la población experimentó ingresos bajos o disponibles. En los Estados Unidos, los impuestos y transferencias del gobierno convirtieron una “disminución de los ingresos del mercado para el 81 por ciento de todos los segmentos de ingresos … en un aumento en el ingreso disponible para casi todos los hogares”.

Las políticas gubernamentales para intervenir en los mercados laborales también marcan la diferencia. En Suecia, el gobierno “intervino para preservar puestos de trabajo, los ingresos del mercado cayeron o se mantuvieron estables por sólo el 20 por ciento, mientras que el ingreso disponible avanzó para casi todos”.

En la mayoría de los países examinados en el estudio, las políticas gubernamentales no eran suficientes para prevenir el estancamiento o la disminución de los ingresos de una proporción significativa de la población.

Efectos sobre las actitudes

El deterioro de la realidad material se refleja en las percepciones populares. Una encuesta de 2015 de ciudadanos británicos, franceses y estadounidenses lo confirmó, ya que aproximadamente el 40% “sentía que sus posiciones económicas se habían deteriorado”.

Las personas que se sentían peor y los que no esperaban que la situación mejorara para la próxima generación “expresaron opiniones negativas sobre el comercio y la inmigración”.

Más de la mitad de este grupo estuvo de acuerdo con la afirmación de que “la afluencia de bienes y servicios extranjeros está llevando a pérdidas domésticas de empleo”. Ellos eran dos veces más propensos que otros encuestados a estar de acuerdo con la afirmación: “Los inmigrantes legales están arruinando la cultura y la cohesión en nuestra sociedad.”

La encuesta también encontró que “aquellos que no estaban avanzando y no esperaban el futuro” eran, en Francia, más propensos a apoyar partidos políticos como el Frente Nacional de extrema derecha y, en Gran Bretaña, para apoyar a Brexit.

Nota: El informe se basa en un estudio de datos de distribución de ingresos de 25 países desarrollados; Un conjunto de datos detallado con más información sobre 350.000 personas de Francia, Italia y los Estados Unidos y el Reino Unido; Y una encuesta de 6.000 personas de Francia, Reino Unido y Estados Unidos que también comprobaron las percepciones sobre la evolución de sus ingresos.

Fuente: McKinsey Global Institute, “¿Más pobres que sus padres? Rentas planas o decrecientes en las economías avanzadas “, julio de 2016 (mckinsey.com).

El problema del PPP

A menudo se piensa que las nuevas economías emergentes son más significativas que en parte, porque muchos análisis comparan los ingresos entre los distintos países basados no en los tipos de cambio nominales, sino en los tipos de cambio de la paridad de poder adquisitivo (PPA). Los tipos de cambio PPA buscan establecer el poder adquisitivo relativo de cada moneda en términos de precios de una cesta común de productos básicos.

Los resultados, sin embargo, pueden ser bastante dudosos, ya que se basan en el precio de una canasta de bienes representativos de consumo en los Estados Unidos, que puede no ser tan relevante para el consumo en otros lugares, especialmente los pobres del mundo en desarrollo. La cesta de bienes es inmutable con el tiempo, aunque los patrones de consumo tienden a cambiar con el cambio tecnológico y las preferencias en evolución. Los tipos de cambio de PPP también son notoriamente imperfectos debido a la poca frecuencia y el carácter no sistemático de las encuestas de precios que se utilizan para derivarlos.

En general, los países donde el tipo de cambio PPA es mucho mayor que el tipo de cambio nominal son países de bajos ingresos con bajos salarios promedio. Precisamente porque una parte significativa de la fuerza de trabajo recibe una compensación muy baja de que los bienes y servicios están disponibles a un precio más bajo que en los países donde la mayoría de los trabajadores y trabajadoras reciben salarios más altos. El uso de los datos del PIB modificado por PPP puede pasar por alto el punto, al tratar la pobreza de la mayoría de los asalariados en una economía como una ventaja económica.

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